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lunes, 12 de diciembre de 2011

EL URBANO . VINDRIA


Todos bien lo saben, que los hay en los centros comerciales, fuera de Bloomingdales, en Central Park, al terminar la cuadra, debajo de todos los semáforos, en las panaderías, en algunas escuelas y hasta algunos perdidos en el pavimento ahogados en infortunio. Todos sabemos que ninguno de ellos es el real, el verdadero es el único que trabaja todo el año en los confines del hielo. Algunos lo llaman Santa, otros Papá, Santo y muchas versiones más pero siempre viste igual y siempre alegre cruza los cielos con un ho!hoho! que todos identifican y que muchos esperan con ansia. Esta decembrina, es especial, se unirá un nuevo Santa a las filas del rojo y blanco. Él aun no lo sabe y ni idea tiene de ello, cada año es uno especial, uno muy diferente a todos los demás, el Patrón lo llama "El Urbano"
 
El Urbano anda de periodista, de comiquiero y hasta cineasta los fines de semana, a todos nos parece que estudió Ciencias de la Comunicación, esos están relocos dice mi Patrón, pero son los que todos los años escriben su carta y esperan hasta el último primer fin de enero para quitar su zapato de la ventana. Aun vivimos en tierra de reyes. El Urbano, esconde su pinito cuando hay visitas,aun siente algo de pena por creer, pero como ya no hay más visitas, siempre hay un frondoso árbol que mira majestuoso por la ventana presumiendo su nueva joyería, si supiera que es moda de ya varios años lo que cuelga de sus ramas, que si se lo dijeran, poco le importaría, de eso estoy seguro. Siempre que llega El Urbano, un poco de agua para su pino y para su gato y para él un buen trago de agua mineral, con ron y un par de hielos, como buen escritor que intenta ser. A él no le va a llegar una carta de reclutamiento como a los demás, ni llegará el Patrón a decírselo con el pretexto que se averió una de las llantas de sus renos en la azotea de la casa. Nada de eso. Él será el nuevo y primer miembro de la nueva escuadrilla. Estará a su cargo aquellos que siempre escriben su carta, claro, a aquellos de buen escribir y correcta ortografía, a todos aquellos que creen en las imágenes en movimiento, a todos ellos que se acurrucan con sus sueños y no los dejan escapar. Aquellos locos valientes capaces de capturar sus pensamientos. A esos temerarios corsarios llenos de temple que se adentran en la intimidad sin temor al fracaso ni el rechazo.
 
El Urbano, después de varios correos enviados llegó uno en particular que inquietó su estatismo clavado a la silla plana que tenía para trabajar. Comenzó a llamar por teléfono, teclear varios recados en las redes sociales, por celular, en papelitos autoadhesivos, había hablado con tanta gente como en ningún otro día del año. Una época especial. Al cabo de la semana junto con el del mes, nadie contestó los correos, las líneas de teléfono misteriosamente cambiaron de un día para el otro, ya no vive aquí, aquí no es. Los autoadhesivos se perdieron y en las redes sociales era más relevante el video de un borracho bailarín, no pudo enojarse por ello, pues era gracioso, tristemente gracioso el alcoholismo en la Internet. Después de ese fin de temporada, las luces del Pino ya no encendieron. Su ordenador personal se quedaba prendido toda la noche, en cualquier momento podía llegar cualquier mensaje, y en efecto llegó, "todo puede pasar en navidad" Tomó sus llaves, abrió su cartera y con una sonrisa salió de su casa. Claro, no antes de encender las luces de su árbol de navidad. Siempre fiel a su chamarra tomó el primer autobús que pasó por la esquina y extrañamente era el autobús correcto. Llegó al Centro Comercial y ahí estaba ese simpático Santa, llevaba ya dos años en servicio y siempre alegre. Ya en la tienda departamental, entró al supermercado y tomó dos botellas de whisky, un par de películas del botadero especial, siempre hay inmensos tesoros que pocos saben valorar, y antes de tomar de nuevo el autobús, después de pagar, entró a una de las grandes librerías de la plaza, un par de novelas, y otro par de cuentos.
 
Todos lo ven extraño en el autobús, yo creía que era su gastada chamarra o los agujeros de su pantalón, siempre fiel a su ropa. Sin duda, era ver de nuevo a un rockero de a de veras, de esos gruncheros reales, y no por su ropa o su cabello, algo hay en él. Se bajó apresurado y en una pequeña casa de elegante fachada tocó el timbre. Al cabo de un instante la puerta abrió y con felicidad lo recibieron. Era la casa de dos escritores, de poetas, de cineastas, de guionistas de esos relocos que dice el Patrón. Ambos se entristecieron de las noticias de los correos negados, de los teléfonos colgados y de los autoadhesivos perdidos. Pero un milagro de navidad podría llegar, y al no poder esperar su llegada lo hicieron realidad, un trío de vasos, un batallón de hielos, las interminables cuencas de refresco y agua mineral llegaron a la mesa para acompañar al whisky junto conlos locos soñadores guerreros de ultramar. Los libros,los cuentos, las películas siempre acompañadas de un abrazo y un ¡Feliz Navidad!
 
Aun no terminaban con las películas, ni con los hielos, ni con las botellas de whisky cuando Él partió con una sonrisa y con un dejo de anhelo en su andar, el milagro de navidad había ocurrido. Y para continuar con la suerte, un último camión en la esquina esperando para llevarlo de regreso a su hogar.
 
Él viaja en camión urbano y en la víspera de noche buena, siempre se escucha un exquisito y alegre tintinear en su bolsa que acompaña otro saco lleno de sueños de corsarios para el deleite de los demás. Él, es el Santa Urbano, el que lleva regalos, letras, películas y whisky a quienes escriben sus cartas sin garriatas de ortografía, a los que sueñan y plasman sueños en fotografías móviles, a los que relatan, a los cuentistas, novelistas, a los periodistas y todos los locos favoritos de el Patrón. Los que siempre creen en la magia y nunca la dejan morir.
 
Él es el Santa Urbano y aun no lo sabe...

Vindria

lunes, 25 de febrero de 2008

CIGARRO MATA (CUENTO)


Este individuo tenía el empedernido vicio de fumar, cosa que a todos sus conocidos enfadaba, enervaba; su tasa diaria en promedio era de siete cigarros, tasa que a su edad (18) era una sentencia prematura de muerte, una especie de eutanácia de muy lento efecto o, como el decía, una lenta forma de suicidarse.
En fin, a este sujeto, culto y hábil de mente, le producía especial placer fumar en las horas altas de la noche mientras caminaba de regreso a su casa. En una de esas caminatas, a las diez treinta para ser preciso, nuestro amigo llegó al mas incomodo tramo del camino, una vía desolada y sin ningún tipo de iluminación, un tramo de unos doscientos metros.
Revisó sus provisiones y descubrió que sólo le quedaba uno de sus amigos de pálido porte y decidió por esa ocasión, cantar en vez de fumar, para guardarlo para mas tarde y para así soliviantar la soledad de la ruta.
Escuchó unos pasos tras de sí, y luego una chillóna voz que le decía, en el lenguaje de la calle:
- Viejo regáleme una mone`a-
Volteó nuestro caballero exaltado por el improvisto abordaje de aquel despojo humano, mantuvo la distancia y le contestó amablemente:
- Caballero no tengo un centavo, disculpe-
Intento seguir su camino pero el mendigo insistió:
-Vea que tengo hambre viejo, no me niegue la mone`a-
Notó como el tono del hombre había cambiado, era sutílmennte más agresivo.
-Realmente no tengo un solo peso señor, de lo contrario no estaría yo caminando a altas horas de la noche por estos caminos tan peligrosos-
Y esta vez era cierto, había invertido lo de su pasaje en la cajetilla de cigarros de la cual ahora solo uno le acompañaba.
El andrajoso individuo se acercó al muchacho amenazadóramente y le depositó la mano en el hombro; se acercó a su oído.
- Vea, por el bien de ambos, déme alguíto, no nos pongamos con weonaas-
El joven, como dije antes, hábil demente comprendió que aquel miserable no se iría sin algo, cualquier cosa, incluso su sangre, o, en el mas dramático y novelesco de los casos, ¡su vida!
¿Que hacer?, el hombre se empezaba a encolerizar y no lo dejaba marcharse, definitivamente estaba en peligro.
De pronto brilló en su mente, como una verdadera luz de intervención divina, una idea.
- Caballero, ¿fuma usted?-
El méndigo mendigo le sonrió picarézcamente.
- Uff, ¡de to`o!-
Sacó de su bolsillo la cajetilla con el último de sus cigarros y se lo ofreció.
- Le invito un cigarro entonces amigo, siga-
El mendigo lo miró inexpresívamente, como inquiriendo si aquel acto era una burla.
-siga-
insistió nuestro amigo.
- Uy weon, gracias, lástima yo pensé que me iba a dar otra cosa, pero gueno, too bien, ¡gracias!-
Se marchó el delincuente con su motín en la mano, se acababa de salvar de las garras de la muerte, pero nuestro caminante, descarado el, notó que no le había ofrecido fuego.
- ¡Caballero!, espere, encienda ese cigarro de una vez, para que le haga compañía-
Que puedo decir, me gusta tener control total sobre la situación, soy un buen manipulador de la mente.
Una vez encendido el BELMONT , seguí tarareando la canción y entendí una cosa, me enseñó este episodio algo, algo que a todos parecerá absurdo y estúpido y que pondrá en tela de juicio mi capacidad de pensamiento inteligente, pero que tomé yo como principio:
Esa noche un cigarro me salvó la vida, por tanto y por mal cuestión de honor, es lo justo que sea el cigarro lo que me la quite, ¡ja!.
( Va dedicado a todos los amigos que piden deje de fumar)

miércoles, 20 de febrero de 2008

Eólico (cuento)

Cuento Eólico

(C,D,E,F,G,A,B,C)
(do, re,mi,fa,sol,la, si, do)

Nunca ha entendido el sabor de la tinta, él siempre compra un frasco nuevo del mismo color. Más velas que le hace falta cubrir una pequeña esquina, ahí donde últimamente ha estado trabajando. Tan centrado en G y en B, en blancas y negras, corcheas y silencios. Siempre perdido en la sílaba equivocada, siempre la libreta en blanco. Un cuento en cuaderno pautado, no va, pero así escribe él. Con blancas en C, con negras en D, un silencio y cambia el compás. Un nuevo personaje entra a la historia, cargado de valores medios, engaño, alegría y mucha pretensión. Una corchea y sus hermanas.

Hoy no escribe, se sienta en la ventana mirando esa esquina sin cera. Su guitarra sobre el papel escurre tinta. Las clavijas se han pegado a ella. Ya no se puede afinar. Un párrafo abajo y la sexta cuerda se escucha en monosílabo. Y los párrafos se llenan de C y de B. La esquina cubre despacio con cera. La última luz incandescente y aun no puede terminar. Corcheas, corchetes, medios tiempos, da igual, aun suena a novela. Se recuesta sobre su espalda, se mancha con la tinta de la guitarra. Y las notas no están en cuento.

Con blancas en D y negras en C, sigue sonando a novela. Sigue tratando con medios párrafos, con diálogos, con sostenidos, con un personaje en bemol. Sigue en monosílabo. Cambia de compás y de frasco. Un párrafo en silencio, y el que sigue en diatónica. La, Si, Do sin acento, y deja de sonar a novela. Sigue con el siguiente compás, es complicado pues esta en dos cuartos. Uno más pequeño que el otro. Y el primero es muy parecido a G.

Un cuarto en E, con paredes tan altas como A, tan parecidas a G. Sigue trazando en pautado, sigue llenando el cuento con silencios y corcheas, con sostenidos y sin bemoles. Ya casi termina la vela, como casi termina el compás. Con D en blancas y C también. Corchea y sus hermanas salieron del cuento. Un cuento sin engaño, pretensión ni alegría.

Con blancas en D y negras en C, ya no suena a novela. La culpa la tenía G. Y él sigue escribiendo un cuento con un la sexta en monosílabo. Con un pabilo a punto de morir. Con una esquina sin cera.

Termina.

Está completo, sus ojos lo delatan y en la oscuridad terminó con un cuento en D.

Necio y con palabras secas

Sigues necio y con palabras secas…

Eres tan falso como el verde del cielo que acecha amenazante, tan mentiroso, odioso, cínico, desconsiderado. Portas un color de piel que ni existe. No mereces el nombre que crees refleja tu personalidad.

Mientes, creíste no lo notaría. Que sólo bastan “bellas” palabras para que creyeras entender lo que escribo, lo que hablo, lo que lees, que todo es negro, gris, triste, desolado. Dos líneas no dicen nada, mucho menos tu tan rimada muletilla.

(golpe)

Mi rostro cubre de sangre, mi cabeza arde incesante. Sigues necio, terco, no entiendes nada de lo que digo, repites lo de ayer, lo de mañana. Sordo. Cínico…

¿Aprenderás que no espero tus sucias palabras mintiendo?...

(golpe)

¿Qué no entiendes?, no puedo dejar de ver tu sombría risa, tu ingenua fantasía de hacerme creer que soy real. Tan falso reflejo de mi rostro ensangrentado.

(golpe)

Y sigues sin entender, sigues creyendo esa tonta postura tuya, arrogante, ingenuo. Realmente no entiendes nada…

Fija y sangrante mirada tuya que asechaba las noches, las mañanas, y rara vez cuando lavó mis dientes. Pero ya no, te fuiste de mi vista. Tu tan parecido a mí que tanto odio.

Ríes tembloroso por miedo a que descubran tu identidad. No crees lo que tus labios proclaman, tus palabras son huecas. Tu mirada fría delata lo intoxicado de tu piel.

Mentiroso, descuidado. ¿Qué haces aquí?

Tus pútridas palabras no valen nada, sólo ocupan espacio. ¿Qué acaso no entiendes?

No soportaba verte, no soporto… Descuidado, mentiroso, simplemente no cabes aquí.

Quedaste atrapado. Tu mirada sangrante, tu coraje ardiente encerrado en tan pequeños pedazos. Regados por todo el baño.

Sentí como tu vida era arrebatada.

Y ahora, me he quedado sin espejo.

sábado, 5 de enero de 2008

La Pequeña Cosa Verdosa



Un día, quizás hace no mucho tiempo, existió, un ser formidable
Capaz de rodar y volar, de caer y correr, todo de una forma envidiable
Solo quizás, poseía un defecto atroz, que lo dejo solitario eternamente
El a diferencia de sus congénitos, tenia algo verde en el pecho, algo diferente

Tenia una pequeña cosa verde, que le hacia sentir cosas, que a los demás no
Todos lo miraban con extrañes, cada tanto la expresión de su rostro cambiaba
Causaba asco a cualquiera que en el su ojo clavaba y solo el circo lo aclamaba
Aquella rareza, aunque muy horrenda, era suya, solo suya y nadie mas quería uno

El decía nombrar, un “sentimiento”, cuatro letras, cuya pronunciación desconozco
El lo explicaba de una manera que los grises rastreros entendieran, por exacto
Gritaba la primera vocal, con un tremendo “Ahhh” de frustración al tacto
Después gemía cual bisonte con un lago y pronunciado “mmm”, cual loco

Para ese entonces, la mayoría de la gente comenzaba a apedrearle, a gritarle
Parecía no importarle, pues decidido a expresar su idea, aunque nadie le escuchase
Acto seguido, abría por completo la boca, como queriendo dar un gran mordisco
El forastero sonido, enfureció a la multitud, que comenzaba a rasguñarle

Lo demás, de la pequeña cosa verde, la ultima parte de esa perplejidad
Ni yo entiendo, como le dio fuerzas, para aguantar la ira de la horrible sociedad
Al final, solo el silencio, la el riñón verdoso, comenzó a sonar cual motor de tractor
Un larguísimo “rrrrr”, que me pareció mas a un dulce gato dormido, pero delator

La gente de la nada, dejo de fracturarlo de embarrarlo en el asfalto
De devorar sus intestinos y de aplastarle los sesos por un rato
Comenzaron a imitar aquella serie de letras, una tras otras sin adelanto
Todos al unísono y el mundo de grisáceo a verde fosforescente cambio de inmediato

No entiendo, como se puede hablar de amor, no entiendo esas cuatro letras
Y aunque la gente seguía repitiendo aquel funesto soneto de poesía y rimas
A ninguno le nació nunca una pequeña cosa verde detrás de las sonrisas
Solo aquel, que cual maniaco fue desplazado se le atribuye esas esencias

El que lo sintió todo y fue rebanado
Al cual no le creyeron y fue abandonado
El pueblo, nunca admitió su error tan marcado
Prefería ignorarlo, pues su historia había acabado
Quizás una mano, quizás unos cuantos dedos hayan sobrado
De eso vive aquel niño despeinado, que lamentablemente se ha enamorado
Basta de letras, por un rato, que si seguís leyendo
Probablemente te nazca en el pecho, una pequeña cosa verde, en un día nublado


Fin..
Le fínale
The end..




lunes, 24 de diciembre de 2007

El Astronauta Adicto a los Besos

El Mundo se desprograma, yo podría...

Fácilmente podría decir, que todo fue un sueño
Que no tuve remedio, ni un sentimiento, ni un recuerdo
Que sigues aquí, que no te amo, y que no te extraño
Que lo fantástico de mi, es que me disuelvo, del mundo

Provócame un escrito, empuja mi vanidad al agujero
Podría llorar ahora mismo, podría dejar de decir “te quiero”
Pensar que aquello de lo que hablo, alguien mas lo entiende
Pero no lo hace, se esfuma como espuma, si el teléfono no atiende

Podría derramarme en las siguientes letras
Podría decirte, que sigues deformando mis aletas
Que no puedo nadar, como antes, de conocer tus manos
Que no dejo de necesitarte, hasta para soñar que nos besamos...

Pero, que raro, generalmente eres tu, quien detiene el beso
La que se marcha, la que tiene vida, la que no conoce exceso
La que no toma el riesgo de amar, la que prefiere conmigo jugar
Salir con amigos, abrazarme poco, condicionar el colchón, prohibir el manjar

El mundo se desprograma, se derrite en una melodía, que he oído...
Pero que sin embargo mi falta de memoria, me impide reconocer
Ojala así fuera con tu rostro, ojala pueda olvidarlo una semana
Así no seria tan terrible, aquella idea, esa que dice, que no habrá más mañana
Que estoy fusionado con la perplejidad y que mi vino es el olvido
Que el mundo se desprograma, yo podría sofocarme y no volver a amanecer...

Quien diría que el alcohol, es el motor para comenzar a lloverme
A preguntarte ¿Qué será de mi?, ¿Acaso a alguien le interesa?
Cuando, mi turno llegue quizás la fila a tu cariño..
Sea el triple de larga, que antes de enseñarte a ser princesa
Mucho antes que, tu silueta fuera endulzante artificial con cochambre
Ese que empalaga el subconsciente con ideas sucias en el baño

Por ti, un cielo entero seria un precio justo..
Por lo negrusco de tus uñas deduzco que excavaste tu mi tumba
Que linda, de verdad os lo agradezco, es de mi ancho exacto
Solo respondedme una pregunta ¿Me estarías esperando arriba?

La Historia se extiende, mis manos no..
Siguen quietas, siguen sin poder alcanzarte
¿Podríamos jugar a otra cosa, lindura?


viernes, 21 de diciembre de 2007

El pastel de Lusi (Segunda Parte)

Atrapado en tu sonrisa, estas recostada en mis piernas
Mirandome, contándome cosas, que no entiendo
Ni que fueran, besos, o agujas, solo son tus piernas
Mueves tus manos frente a mi, a tus ojos me acomido

Decía un hermano mío, admirarme por que, el jamás se ha enamorado
Que idealiza mis hazañas por aguantar, a una rosa de color morado
Me da la razón, cuando sabe que he estado muerto en vida a diario
Mientras alcoholizado hasta la ostia, aun lloraba en mi delirio

Nuestro pastel esta servido, hoy y siempre
Delicadas rebanadas se desgarran como mimbre
Pero nadie lo ha probado, una sola vez en realidad
Nadie sabe si existe, es el santo grial de la absurdidad

Quizás en sueños, pensamos que nos atragantamos de tu horrendo sabor
Pero, ¿Dónde esta ahora?, No lo veo, No llego a percibir su hedor
Debiste esconderlo tu, lindura, debiste jugar con el y su grosor
Hasta hacerme diminuto como tu soñaste, mientras me llenas de calor

La verdad del pastel de Lusi, la irrealidad de algo que no se si me lo permite
Probablemente deberíamos preguntarle a alguien que sepa algo diferente
A aquella que le dio forma, pues aquel Satán de la repostería, sigue latente
Es la ternura de la niñez arrebatada por las manos de un amor provocante

Se lo llevo todo, rápido..
Lo escondió en algún lugar, el pastel es mi debilidad humana
Ella lo degusta poco a poco, manchándose la boca
Niños fuimos todos, pero, aquel desecho
Ni en los mas profundos sueños, volveremos a tener

Desearía hubiera alguna galleta...

miércoles, 12 de diciembre de 2007


Este cuento de Julio Cortázar en lo personal me gusta mucho..... lo comparto con ustedes:
PD: es un poco largo, pero esta genial.
La noche boca arriba
Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pié y con la mano, desviandose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podia soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecín pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerro los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huír de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía alli como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo. Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la últim a visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes, como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor, y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, mas precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", penso. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él, aferraba el mango del puñal, subió como un escorpion de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y al la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada mas alla de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás. -Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía la penumbra tibia de la sala le parecío deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebio del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintio las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frio le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el mas fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el brónze; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero como impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de su vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegados a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, deseparadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, escubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en al cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los pÿrpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

domingo, 7 de octubre de 2007

Bienvenida

Una mañana, no muy lejos de donde estas sentado
Una señorita se peinaba lentamente sus rizos dorados
No entendía palabras, si no solo gritos
Estaba acostumbrada a ser violada y golpeada diariamente

Era una especie de esclava sexual, que un lépero y horrible sujeto
Mantenía encerrada desde hace ya 5 años
Justamente hoy era su cumpleaños numero 20
Se había olvidado de pronunciar palabras
Era una callada y obediente mucama
Amante y uff!!! Una tremenda cocinera

Ese día, el sujeto, que llamaré Berlín Sans
Había estado pensando el día entero, en que regalarle a su mujer
Pensó, en un par de zapatillas de bailarina exótica
O una blusa con un escote, que levantaría a un muerto

Pero no...
Quiso optar por algo mas romántico
Era difícil de creer, pero empezaba a tomarle cariño aquella puta
“La llevare al cine”, pensaba jovial, aquel Berlín Sans

De hecho fue tanto que le latía el corazón ese día
Que le compro el vestido mas caro de un tal Louis Vuitton
Atraco en una joyería, recibió un par de balas, que por fortuna, no atravesaron
Ningún órgano...

Tom una copia de la revista para caballeros “Play Boy”, con unas gasas y una jerga
Grasienta, formo una especie de torniquete, con tal maestría
Que obviamente no era la primera vez, que hacia uno..

En fin..
Llego ala casa de su ahora, reciente “amada”
Abrió la puerta lentamente
Para no despertarla

Ella lo recibió con el hacha, que Berlín guardaba en el ático
Había conseguido llegar al compartimiento, después de 5 años de golpear aquel candado,
y El día de su Cumpleaños, como si fuera un milagro, el candado cedió
Que bienvenida tan sorpresiva se llevo, Berlín Sans

Ya que Literalmente, perdió la cabeza, por una mujer y su maldito amor

Y justo cuando había pensado, en hacerla su esposa..

miércoles, 8 de agosto de 2007

...La Vie En Rose...

Me hallaba sin hallarme una noche en la azotea fumando un tabaco y bebiendo un poco,en compañía de mis zapatos
Cuando comencé a pensar que se hacía tarde

¿Tarde para que?

Pregunto un zapato descarado mientras lamía un poco de whiskey
que había derramado por accidente al piso...
Los ecos parecían más bien huecos,
las alucinaciones ardían en un extasis mortuorio
y las arañas trepaban por mi cabello…
Mi horrible carcajada había terminado...
Me quede inmóvil unos segundos
Y conteste distraídamente

¿Quieres repetir eso?


lunes, 6 de agosto de 2007

Times New Roman

¿Te has parado a Desangrar un poco?
¿Has preferido una verdad amarga, que una mentira eterna?
Asi es, mejor, es mas creíble, es mas convincente
Que lastima que Times New Roman no lo entendía

El le lloro a una perra malagradecida
Que lo utilizaba como un pañuelo desechable
Y cuando fue tan mezquina para abandonarlo
El señor New Roman, vino a mi trabajo un día

Me miro, como descuartizaba aquellos trozos de carne
Por raro que se escuche yo estimaba a Times
Era un buen amigo, pero nunca fue el mas valiente
-Bueno Times, no te preocupes por nada-

Entonces así fue, cuando llegue ala casa de aquella zorra
Y después de cortarle la lengua con un par de tijeras
Bueno, no tuvo mas mentiras que decirle a Times
O al Nuevo pedestre que había conocido un tal Algerian

Después de eso, aquella mujer, fue tan amable, para escribirle
Una nota de perdón a mi amigo, Que se sintió mucho mejor
-¿Cómo lo Hiciste?-
-Solo le di el incentivo adecuado, camarada, no lo olvides-
-Todas son iguales Times, todas son iguales-

viernes, 15 de junio de 2007

A destiempo




- No sé que hora es- dijo- y se comió el reloj
Lo fue masticando poco a poco, saboreando la correa de plástico, imitación piel. Rompió con los incisivos la carátula de vidrio, y degustó el sabor a sangre con cristales que ahora quedaba en su boca. No le dolió en lo absoluto. Se tragó esta primera pasta, dejando para el final lo mejor: las manecillas. Las acaricio con la lengua durante largo tiempo, mientras sentía el bocado anterior bajando por su esófago y deshaciendo lo que había a su paso. Finalmente, dejó pasar las manecillas hacia su garganta y cerró los ojos, contrayendo la cara en un gesto de infinito placer. De nuevo me miró. Aún no sabía que hora era.....